CON ALIADOS COMO LOS ESTADOS UNIDOS ¿QUIÉN NECESITA ENEMIGOS?

La apresurada huida de las tropas norteamericanas de Afganistán con el consecuente abandono de la misión que allí estaban desempeñando desde hacía 20 años ha supuesto para muchísimos periodistas de todo el mundo una especie de extraña decepción, de sensación de fiasco. Han hablado de humillación, de vergüenza, de traición y abandono, como si todo esto fuese algo nuevo en la historia de los Estados de América. Y la realidad es que la poco airosa salida de Afganistán es más la norma que la excepción en la finalización de la mayoría de las intervenciones yanquis en terceros países.

La lista de estados o gobiernos abandonados/traicionados por los Estados Unidos desde su nacimiento como potencia mundial, a principios del siglo XX, hasta nuestros días es muy larga. Dudo mucho de que en la Historia, antes que los EEUU, ningún país con vocación y poderío imperial haya traicionado tanto a sus aliados/protegidos, como lo ha hecho esta moderna nación que surgió con vocación de faro para la humanidad.

Woodrow Wilson, el gran impulsor del internacionalismo norteamericano, alumbró la ideología intervencionista yanqui, que con un receso breve, sería retomada por Franklin D. Roosevelt y llegaría hasta hoy, con otro pequeño receso.

La lista de naciones, o de oligarcas de naciones, o de patriotas sinceros de naciones, que confiaron en los Estados Unidos de América y luego se vieron abandonados por este “ejemplar faro de la Libertad y la Democracia”, es el objeto de las líneas que a continuación siguen.

Lo primero que conviene, al entrar en este asunto, es distinguir entre los distintos regímenes que el Departamento de Estado apoyó a lo largo de su dilatada y, en general fracasada, trayectoria.

Las plañideras occidentalistas y yancófilas que llevan dos meses moqueando en los medios de comunicación por la pérdida de Afganistán y se vuelven a acordar de la pérdida de Vietnam e incluso de repente, recuerdan la intervención en Irak como una derrota, son tan babosas e ignorantes que no saben que desde el principio, tener de amigo, aliado o protector a los EEUU es tan recomendable como pagarle a la mafia para que te asegure la integridad de tu negocio.

La diplomacia norteamericana casi siempre ha apoyado en un sinfín de países de todo el mundo a regímenes impopulares. Pero no siempre ni en todo lugar. De vez en cuando, excepcionalmente, acertaban. Pero los patosos admiradores de los yanquis, en su insuperable estupidez, en su repugnante servilismo a sus amos, nunca han entendido nada y por esa razón, no dejan de hacer el ridículo.

En general, la diplomacia de Washington, ha protegido y defendido en todo el planeta a regímenes absolutamente repugnantes, corruptos y tiránicos hasta la náusea. Pero a veces, y durante algún tiempo, ha apoyado a regímenes, que seguramente sin ser demasiado virtuosos, impedían la llegada al poder de regímenes infinitamente peores. En cualquier caso, a unos y a otros les daría lo mismo. Todos acabarían abandonados.

Durante la Segunda Guerra Mundial Estados Unidos traicionó, como poco, a dos aliados. Polonia y China. Precisamente, en este momento, fueron dos naciones que se habían ganado el apoyo de los aliados angloamericanos con su sacrificio en los campos de batalla. Pero tuvieron la mala suerte de que además de ser enemigas de Alemania y Japón, estaban representadas por dos gobiernos que también eran ferozmente anticomunistas. Polonia le fue entregada a Stalin y China a Mao. Gracias a la diplomacia de los Estados Unidos de América.

La lista de sátrapas corruptos al servicio de las compañías frutícolas, mineras y petroleras norteamericanas, que fueron encumbrados al poder y sostenidos en él desde comienzos del siglo XX, fundando en algunos casos dinastías siniestras, como la de los Somoza en Nicaragua, es larga. Pero el apoyo a estos regímenes impopulares y antipatrióticos cobró aún mayor fuerza durante la Guerra Fría.

Cuando en la actualidad muchos liberales denuncian, por ejemplo, al régimen castrista cubano o al sandinista nicaragüense, olvidan que antes de la implantación de estos tiranos rojos, los norteamericanos habían sostenido, contra el impulso mayoritario de la población a tipejos como Somoza o Batista. A los que, llegado el momento, los yanquis dejaron caer.

La típica diplomacia de “América para los americanos”, formulada en fecha tan temprana como 1823 por el presidente James Monroe, naturalmente se quedaba pequeña para los EEUU de 1945. El marco de la Guerra Fría le vino como anillo al dedo a Washington para, con la excusa del anticomunismo, encumbrar y apoyar a oligarquías de sanguijuelas que, a cambio de convertirse en comisionistas de las grandes multinacionales les cedían el exclusivo beneficio la explotación de los recursos naturales de sus países.

La lista de dictadores a sueldo de las grandes compañías norteamericanas en Sudamérica para evitar gobiernos díscolos, es larga. El golpe de estado contra Jacobo Árbenz en Guatemala es otro buen ejemplo. Omar Torrijos, en Panamá, fue apoyado por los EEUU y muy posiblemente asesinado por la CIA cuando intentó “ir por libre”. Otro tanto le pasó al dictador dominicano Rafael Trujillo. Pinochet fue encargado de dar el golpe contra Allende para volver a privatizar las minas de cobre chilenas, que habían estado en manos de compañías norteamericanas y que el presidente bolchevique había nacionalizado con el apoyo absolutamente mayoritario de la población. Y Pinochet, en 1998, estuvo a punto de ser traicionado, pero en esta ocasión, la reacción de las autoridades chilenas lo evitó.

Este panorama hispanoamericano en la Guerra Fría se expandió por Oriente Medio. Y una vez más, los norteamericanos, en general, se alinearon con los sátrapas más corruptos y odiados, ya fuesen reyezuelos opulentos o presidentes mafiosos. Seguían usando una causa sagrada, como fue el anticomunismo patriótico y nacional entre 1917 y 1945, para robar la soberanía de los pueblos e imponer gobiernos de oligarquías sobornadas, que, de paso, se alineaban sumisamente a favor del Estado Israel.

El caso del golpe de estado angloamericano en Irán contra el régimen de Mohammad Mosaddeq, que en 1951 tuvo la osadía de nacionalizar el petróleo que explotaba en su exclusivo beneficio la compañía cien por cien británica Anglo Iranian Oil Company, AIOC (la actual British Petroleum), es otro ejemplo emblemático. Mosaddeq se convirtió, como le ocurriría luego, a Nasser, en un héroe. Las masas de Irán lo idolatraban. En el verano de 1953 la CIA y el MI6, con el apoyo de las oligarquías que habían perdido las suculentas mordidas de la AIOC, dieron un golpe de estado y lo depusieron. El petróleo de los iraníes volvió a la AIOC, una parte a compañías yanquis, y las suculentas migajas de los sobornos, a la minoría iraní de siempre, el principal receptor, el Sah Mohammad Reza Pahlavi. A mediados de enero de 1979, abandonado por los norteamericanos, el Sah, con las calles de Irán repletas de masas exultantes que festejaban la llegada de la República Islámica y pedían su cabeza, decidió exiliarse… para no volver.

Ngô Đình Diệm fue el primer presidente de la República de Vietnam, más conocida como Vietnam del Sur, establecida en 1955 con el apoyo norteamericano, frente a la República Democrática de Vietnam, más conocida como Vietnam del Norte y respaldada por la Unión Soviética y la República Popular China. En mayo de 1961 el presidente Lyndon B. Johnson visitó Saigón y dijo que Ngô Đình Diệm era el “Winston Churchill de Asia”. El 1 de noviembre de 1963 la CIA dio un golpe de estado organizado con el apoyo de algunos generales del ejército de Vietnam del Sur y el “Winston Churchill de Asia” fue sumariamente ejecutado de un tiro en la cabeza en el interior de un vehículo blindado de fabricación norteamericana.

No obstante, el régimen anticomunista de Vietnam del Sur, corrupto, ineficiente e impopular, como todos sabemos, acabaría traicionado y abandonado a su suerte por los norteamericanos a finales de abril de 1975.

Lon Nol, el más fiel sicario de los estadounidenses en Camboya, cuando su régimen fue abandonado a manos de los genocidas de Pol Pot, tuvo la suerte de salir en un avión, también en abril de 1975, como el último títere yanqui de Vietnam del Sur, Nguyên Van Thieu haría pocos días después en Saigón.

Ferdinad Marcos, fue presidente de Filipinas durante más de 20 años y uno de los políticos más ladrones de la Historia, siempre en la nómina del departamento de Estado. Naturalmente, cuando en febrero de 1986 las protestas en las calles se hicieron insostenibles, los yanquis lo dejaron caer. No obstante, casi un minuto antes de que fuese linchado por las masas que asaltaben el palacio presidencial, consiguió huir. Y con él una salvaje fortuna desperdigada y puesta a buen recaudo por medio mundo que él, con permiso de sus amos, había robado al pueblo filipino.

Desde 1980 hasta 1988 tuvo lugar la guerra entre Irak e Irán. Un nacionalista árabe baazista y antisionista, como Sadam Hussein, agredió a la recién nacida República Islámica de Irán, que apenas contaba con dos años de existencia. Pero en tan poco tiempo se había convertido en el gran enemigo de los Estados Unidos. No en vano había hecho caer al Sah, el primer aliado geoestratégico de Washington en la zona (después de Israel) y unos meses antes del ataque iraquí había asaltado la embajada norteamericana en Teherán, tomado 52 rehenes. Demasiadas humillaciones en muy poco tiempo para los arrogantes dirigentes del imperio occidental.

Sadam, el nacionalista, el baazista, el antisionista, atacó a Irán con el apoyo diplomático y militar de los Estados Unidos. Cuando pensó, porque así se lo insinuaron fuentes diplomáticas norteamericanas del más alto nivel, que había llegado el momento en el que, ocupando Kuwait podía cobrarse el favor de haber debilitado enormemente al régimen de los “ayatolás” durante diez años de guerra y en compensación por los enormes sufrimientos que también había sufrido su pueblo, lanzó la invasión en 1990. En 2006 los yanquis lo ahorcaron.

Me dejo casos en el tintero, porque el tema de este artículo daría para un libro. Pero creo que con lo expuesto debería quedar manifiestamente claro para cualquier dirigente mundial que entregar la supervivencia o el destino de tu nación o de tu régimen político a los caprichosos y estados de ánimo de los ocupantes de la Casa Blanca suele resultar un mal negocio.

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